El sábado 25 de abril, En el marco del IV Domingo de Pascua —Domingo del Buen Pastor—, la comunidad de Encarnación vivió un momento profundamente significativo con la llegada de la reliquia ex cineribus corporis de San Francisco de Asís a la Catedral Nuestra Señora de la Encarnación.
Durante la celebración, se destacó el valor de esta presencia como un signo vivo de fe y testimonio, recordando la vida de un santo que supo escuchar la voz de Dios en lo cotidiano, especialmente en los más necesitados.
La homilía, a carto del Mons. Franciso Javier Pistilli Scorzara, Obispo Diocesano y Gran Canciller UC, se invitó a reflexionar sobre la escucha como punto de partida de la fe, el coraje de cruzar el “umbral” hacia una vida entregada y el desafío de reconocer a Cristo en los márgenes. Inspirados en el testimonio de San Francisco, los fieles fueron llamados a vivir una esperanza activa, concreta y encarnada en la vida diaria.
Así, la llegada de la reliquia se convirtió no solo en un momento de veneración, sino en una invitación a seguir sus huellas: abrir el corazón, salir al encuentro del otro y construir, desde la fe, caminos de esperanza para la comunidad.
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HOMILÍA
IV Domingo de Pascua — Domingo del Buen Pastor.
Misa de Vísperas — Llegada de la Reliquia de San Francisco de Asís a la Catedral Nuestra Señora de la Encarnación.
Esta tarde llega a nuestra Catedral una reliquia ex cineribus corporis de San Francisco de Asís. No es un objeto que él tocó ni una tela que lo cubrió: son sus cenizas, fragmento de su cuerpo, el cuerpo que abrazó al leproso, que durmió en el suelo de la Porciúncula, que subió descalzo al monte de La Verna. La Iglesia que peregrina en Paraguay lo ha llevado de diócesis en diócesis. Hoy llega aquí.
Lo recibimos en este domingo que la Iglesia llama domingo del Buen Pastor. No es una coincidencia que deba resolverse: es una pregunta que debemos dejar abierta.
¿Qué tiene que decirnos Francisco en este día, con esta Palabra?
La voz que Francisco oyó
En el Evangelio de hoy, Jesús dice algo que parece simple y que sin embargo cambia todo: «las ovejas oyen su voz». No dice que lo ven, ni que lo entienden, ni que lo siguen porque les conviene. Dice que oyen su voz. La fe comienza como escucha, no como
visión.
Francisco oyó esa voz. No de una sola vez, sino en tres momentos que lo fueron llevando cada vez más adentro.
Primero, en el leproso al borde del camino. Francisco era joven, rico, valiente en la
guerra y cobarde ante la enfermedad. Pero algo lo detuvo. Desmontó, lo abrazó.
Cuando volvió la vista, el leproso ya no estaba —o ya no era el mismo. Oyó una voz donde solo había esperado encontrar repulsión. Las ovejas conocen la voz del pastor:
Francisco la oyó en el lugar más improbable.
Luego, en la capilla en ruinas de San Damián. El crucifijo le habló: «Francisco, repara mi Iglesia.» Él lo tomó literalmente primero —juntó piedras, las colocó—, hasta que entendió que la voz pedía algo más vasto que una capilla. Así lo recibe también Pedro en el libro de los Hechos: la pregunta del pueblo es concreta —«¿qué tenemos que hacer?»—, y la respuesta también —convertíos, bautizaos—, pero lo que se abre detrás es un horizonte que los desborda.
Por último, en la Porciúncula, durante la misa. Escuchó el Evangelio de Mateo: Jesús envía a sus discípulos sin alforja, sin bastón, sin sandalias. Francisco preguntó al sacerdote qué significaba aquello. Cuando entendió, se quitó los zapatos allí mismo.
Ese fue el momento en que cruzó el umbral.
El umbral que cruzó
Jesús, en el Evangelio de hoy, distingue al pastor del ladrón por un solo rasgo: el
pastor entra por la puerta; el otro trepa por otro lado. El que trepa evita el umbral
porque el umbral exige identificarse, dejarse ver, entrar a la luz.
Francisco no trepó. Cruzó la puerta que su familia, su clase, su proyecto de vida no querían que cruzara. Su padre lo arrastró ante el obispo de Asís para reclamarle lo que había gastado. Francisco se desnudó delante de todos, le devolvió hasta la ropa y dijo:
«De ahora en adelante puedo llamar Padre solo al que está en el cielo.» Salió sin nada
por una puerta que nadie esperaba que abriera.
La primera carta de Pedro llama a eso «sufrir sin amenazar, encomendándose al que juzga con justicia». No es resignación. Es la libertad del que ya no necesita defender nada porque lo ha entregado todo.
Las cenizas que llegan esta tarde son el rastro material de ese cruce. No son un
recuerdo: son la señal de que alguien estuvo realmente aquí, en carne, y que esa carne fue moldeada por una voz obedecida.
Lo que nos anuncia
El proyecto diocesano que llevó esta reliquia a través de nuestras comunidades lleva
un nombre: La Sandalia de Francisco. No la sandalia que Francisco usó —Francisco caminó descalzo. La sandalia es su huella. Y calzar esa sandalia es poner nuestros pies donde él puso los suyos.
¿Adónde apuntaban sus pasos? Al leproso. Al pobre. Al sultán al que nadie quería escuchar. A la Iglesia que necesitaba ser reparada —no solo en sus piedras, también
en su corazón.
Francisco no nos dice: sean más pobres. Eso sería demasiado fácil y demasiado literal. Nos pregunta algo más difícil: ¿reconoces la voz? ¿La oyes donde menos la esperas —en el que está al margen, en el que huele distinto, en el que te incomoda? ¿O solo la reconoces cuando suena como ya la conoces?
Y nos pregunta también: ¿tienes el coraje de cruzar el umbral? No el umbral de la pobreza en abstracto, sino el umbral de lo que te cuesta soltar. Para cada uno es distinto. Para una Iglesia también. Pero ese umbral tiene un nombre que Francisco conocía bien: se llama esperanza.
No la esperanza como optimismo, no la esperanza como evasión. La esperanza como convicción de que del otro lado del umbral hay algo real: que el leproso puede ser abrazado, que la Iglesia puede ser reparada, que el mundo puede recibir la vida en abundancia que Cristo vino a traer. Francisco no se descalzó por desesperación. Se descalzó porque vio —u oyó— que valía la pena. Que había algo del otro lado.
Familia, abramos las puertas a la esperanza Jesús dice en el Evangelio: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.» Esa es la puerta que Francisco cruzó. Esa es la huella que dejó. Esa es la sandalia que esta noche llega a nuestra Catedral —no para ser contemplada, sino para ser calzada.
Las cenizas que recibimos no nos piden que seamos Francisco. Nos piden que oigamos la misma voz que él oyó, que crucemos el mismo umbral que él cruzó, que pongamos nuestros pies, con todo su peso, en la huella que dejó.
Esa huella apunta siempre hacia adelante. La puerta de la esperanza no se cierra detrás de quien entra. Se abre adelante.
Familia: abramos las puertas a la esperanza.
+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.
Obispo
Encarnación, 25 de abril de 2025