2026-04-26

Bienal Católica 2026 cerró con un llamado a escuchar, servir y salir como Iglesia misionera

Misa de Clausura — Bienal Católica 2026
Parroquia San Roque González de Santa Cruz.

IV Domingo de Pascua — Domingo del Buen Pastor
Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

En el Día del Buen Pastor, la Diócesis de la Santísima Encarnación celebró la Misa de clausura de la Bienal Católica 2026, presidido por Mons. Francisco Javier Pistilli Scorzara. La Eucaristía fue concelebrada por los presbíteros de la Diócesis, marcando el cierre de días intensos de reflexión y encuentro. La presencia de la reliquia de San Francisco de Asís, junto a la imagen de la Sagrada Familia y la Sandalia del Santo, otorgó un signo visible de espiritualidad y sencillez evangélica. La celebración invitó a los fieles a reconocer la voz del Buen Pastor y a renovar su compromiso como Iglesia en salida. Así, la Bienal concluye, no como un final, sino como un envío misionero lleno de esperanza.

HOMILIA:
Esta misa comenzó con tres gestos, en silencio.
Primero, la reliquia ex cineribus corporis de San Francisco de Asís entró en procesión solemne. No un objeto que él tocó: sus cenizas, fragmento de su cuerpo, el cuerpo que abrazó leprosos, durmió en el suelo, caminó descalzo por Umbría y Egipto. Ha recorrido nuestra Diócesis durante días —treinta y ocho parroquias, cuatro decanatos— y hoy llega aquí, al final de este camino, o quizás al centro.
Luego entró un niño, llevando unas sandalias, mientras se leía el prólogo de una obra sobre Francisco. Un niño —no un adulto— porque la esperanza tiene la edad de los que todavía no se resignaron.
Tres gestos, una sola pregunta: ¿hacia dónde apuntan estas huellas?

I. La voz que nos congregó

En el Evangelio de hoy, Jesús dice que las ovejas oyen la voz del pastor. No dice que lo ven, ni que lo entienden, ni que lo siguen porque les conviene. Dice que oyen su voz. La fe comienza como escucha.
Durante cinco días, la Diócesis fue una sola asamblea —dispersa en cuatro sedes, treinta y ocho parroquias, colegios, plazas, carpas de escucha, pistas de atletismo, aulas universitarias. No se reunió por iniciativa propia: fue convocada. El Buen Pastor no administra ni gestiona —llama a cada oveja por su nombre.
¿Qué voces cosechamos? No cinco temas de congreso. Fue una sola voz que habló en cinco idiomas.
En la era digital, esa voz dijo: la persona vale más que el algoritmo. Evangelizar en la red no es tener presencia en las redes: es ser humanamente presente en un mundo en red.
En la vulnerabilidad y las crisis sociales, esa voz dijo: el que sufre no está solo. La Carpa de la Escucha, extendida en todas las sedes, fue la Iglesia con la oreja pegada al suelo —escuchando lo que duele antes de hablar de lo que sana.
En la salud integral, esa voz dijo: el cuerpo también es sagrado. Presión arterial, kinesiología, odontología, salud mental: la Iglesia que cuida el cuerpo anuncia que la Encarnación no fue metáfora.
En la familia, esa voz dijo: lo cotidiano es el lugar de Dios. El hogar no es la retaguardia de la misión —es su primer territorio.
En la casa común y la economía solidaria, esa voz dijo: hay una lógica distinta a la del mercado, y vale la pena ensayarla. Esta semana la ensayamos.
Una sola voz. Cinco idiomas. Y nosotros, que la oímos, ahora debemos responder —como respondieron los tres mil de Pentecostés que preguntaron: «¿Qué tenemos que hacer?»

II. Los cireneos que pusieron el hombro

Nada de esto se hizo solo.
Simón de Cirene no eligió cargar la cruz de Cristo —fue requisado en el camino, cuando volvía del campo. Pero la cargó. Y la tradición cuenta que después ya no pudo soltarla. Así les pasa a los que ponen el hombro en serio: algo de esa cruz se les queda adherido, y ya no quieren deshacerse de ella.
Esta Bienal fue posible porque hubo cireneos. Muchos. Quiero nombrarlos, no por protocolo, sino porque la gratitud concreta es también un acto de justicia.
Los colaboradores de la Curia diocesana, que sostuvieron la coordinación desde adentro, semana a semana, sin aparecer en los carteles. Los párrocos de los cuatro decanatos, que abrieron sus comunidades, movilizaron a su gente, acompañaron cada jornada. La Universidad Católica Campus Itapúa, que hizo converger su misión académica con la misión pastoral de la Diócesis —docentes, estudiantes y profesionales que salieron de las aulas para servir en carpas, clínicas y plazas.
Y todos los que sumaron en la comunicación —los que transmitieron, fotografiaron, redactaron, administraron las redes—, en la logística —los que montaron sillas, instalaron equipos, coordinaron traslados—, en la conducción de actividades —los animadores, conferencistas, talleristas, artistas, coros—, y en la participación misma —las familias, los jóvenes, los niños, los ancianos que vinieron, que escucharon, que cantaron, que corrieron, que pintaron murales y que rezaron.
A todos: gracias. Pusieron el hombro. La cruz avanzó.

III. El umbral que debemos cruzar

Pedro termina su discurso de Pentecostés y la multitud pregunta: «¿Qué tenemos que hacer?» Si la BIECAT termina en aplausos, fue un evento. Si termina en esa pregunta, fue una asamblea.
Jesús dice en el Evangelio: «Yo soy la puerta. El que entre por mí se salvará; entrará y saldrá y encontrará pastizales.» La puerta no es la entrada a un refugio. Es la salida hacia la vida en abundancia —que siempre está del otro lado de lo que uno se resiste a cruzar.
El umbral tiene nombre: bien común. No como concepto de manual, sino como decisión concreta de salir por esa puerta hacia el que no estuvo aquí, el que no tiene voz, el que espera sin saber todavía que espera. El bien común no se construye desde adentro mirando hacia afuera: se construye cruzando el umbral.
La sandalia del niño apunta hacia afuera. La huella de Francisco apunta hacia afuera. La puerta del Buen Pastor se abre hacia afuera.
Eso es la esperanza que la Bienal quiso anunciar: no el optimismo de quien cree que todo va a salir bien, sino la convicción —la esperanza teologal— de que del otro lado del umbral hay algo real, algo que vale la pena, algo que Cristo ya fue a preparar. La esperanza que no espera sentada: cruza.

IV. La vocación como forma de cruzar

En este domingo la Iglesia reza por las vocaciones. Y vocación no es solamente el seminario o el noviciado —es la respuesta de cada bautizado a la voz que oyó.
La BIECAT fue, en el fondo, un ejercicio vocacional colectivo. Personas que escucharon, que se dejaron interpelar, que pusieron el hombro. Eso es lo que hace una vocación: no un instante de iluminación, sino una escucha sostenida que va dando forma a una vida entera.
Francisco no tuvo un plan: tuvo una voz. Y la siguió, paso a paso, descalzo, sin saber del todo adónde lo llevaba. Así nace toda vocación verdadera.
Pedimos al Señor que en esta Diócesis, en estas familias, en estos jóvenes que esta semana corrieron, pintaron, escucharon y cantaron, maduren vocaciones. Sacerdotales, religiosas, laicales, matrimoniales. Todas necesarias. Todas respuesta a la misma voz. Todas formas distintas de cruzar el mismo umbral.

Familia, abramos las puertas a la esperanza

Las sandalias que entró este niño esta mañana no son un recuerdo. Son una invitación.
Calzar la sandalia de Francisco es poner nuestros pies en su huella. Y su huella apunta siempre hacia adelante: hacia el leproso, hacia el pobre, hacia el que la sociedad prefiere no ver, hacia la Iglesia que necesita ser reparada, hacia el mundo que espera la vida en abundancia.
La BIECAT no clausura hoy. Sale. Por la misma puerta por la que entró ese niño. Hacia el barrio, la familia, la escuela, el hospital, la chacra, la orilla del río, la plaza. Hacia los treinta y ocho territorios que recorrió la reliquia de Francisco y que son, cada uno, un lugar donde la esperanza está esperando que alguien la abra.
Llevamos con nosotros la huella de Francisco —que es la huella del Buen Pastor, que es el camino hacia la vida en abundancia que Cristo vino a traer. Somos Iglesia en camino. Somos cireneos unos de otros. Somos, juntos, la sandalia que sigue andando.
Familia: abramos las puertas a la esperanza.

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.
Obispo
Encarnación, 26 de abril de 2026

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